
Hay una forma de invisibilidad de la que pocas veces hablamos.
No es que nadie nos vea.
Es algo más profundo: sentir que nos ven, pero no nos reconocen.
Estar para todos.
Escuchar a todos.
Resolver.
Acompañar.
Sostener.
Dar.
Y cuando llega el momento de preguntarnos cómo estamos nosotros, aparece el silencio.
¿Quién me sostiene a mí?
Vivimos en una sociedad que muchas veces nos enseña a ser útiles antes que a ser personas. A responder antes que a sentir. A poder antes que a pedir ayuda.
Aprendemos rápidamente qué esperan los demás de nosotros.
Y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo una identidad alrededor de aquello que hacemos para otros.
“Soy quien escucha.”
“Soy quien resuelve.”
“Soy quien siempre está.”
“Soy quien puede.”
Hasta que un día aparece una pregunta incómoda:
¿Quién soy cuando no estoy haciendo algo por alguien?
Desde el psicoanálisis, Freud nos permite pensar que no todo lo que nos sucede es consciente. Hay deseos, necesidades y conflictos que pueden quedar fuera de nuestra conciencia y, sin embargo, continuar buscando una forma de expresarse.
A veces decimos “estoy bien” porque aprendimos que necesitamos estar bien.
Pero el cuerpo se cansa.
La angustia aparece.
El enojo irrumpe.
El vacío se hace presente.
Quizás aquello que no pudimos decir termina encontrando otra manera de hablar.
Pichon-Rivière nos permite incorporar otra dimensión: somos sujetos en relación.
Nos construimos en los vínculos, en los grupos, en las instituciones y en los lugares que ocupamos.
Necesitamos del otro para constituirnos.
Pero existe una diferencia entre vincularnos con los demás y desaparecer dentro de los demás.
Acompañar no debería significar abandonarnos.
Dar no debería significar quedarnos vacíos.
Y estar para otros no debería implicar dejar de estar para nosotros.
Jung, desde otra perspectiva, nos habla de aquello que queda en la sombra: esas partes de nosotros que no mostramos porque aprendimos que no eran aceptables, adecuadas o funcionales.
Entonces mostramos fortaleza cuando necesitamos llorar.
Mostramos seguridad cuando tenemos miedo.
Decimos “puedo” cuando necesitamos decir:
“No puedo solo.”
Y cuanto más tiempo permanecemos alejados de aquello que sentimos, mayor puede ser la distancia entre quiénes somos y quiénes creemos que debemos ser.
Quizás por eso el cambio no siempre comienza haciendo más.
A veces comienza dejando de hacer aquello que nos aleja de nosotros mismos.
Decir que no.
Pedir ayuda.
Reconocer el cansancio.
Permitirnos recibir.
Decir “esto me dolió”.
Aceptar que no podemos con todo.
Dejar de confundir amor con sacrificio permanente.
Porque hay una idea peligrosa que puede instalarse muy silenciosamente:
“Si soy necesario para todos, entonces voy a ser querido.”
Pero nuestro valor no debería depender de nuestra utilidad.
No tenemos que ser indispensables para merecer amor.
Tenemos derecho a ser importantes incluso cuando no estamos resolviendo nada.
Y acá aparece una pregunta diferente sobre el cambio.
No solamente:
“¿Qué tengo que cambiar de mí?”
Sino:
“¿Qué parte de mí tuve que esconder para poder pertenecer?”
Porque quizás no siempre necesitamos convertirnos en alguien nuevo.
Quizás necesitamos recuperar algo que dejamos atrás.
Una necesidad.
Un deseo.
Una voz.
Una parte de nosotros que aprendió a callarse para no incomodar.
Y ahí aparece el verdadero desafío:
volver a mirarnos.
No esperar que otro venga a confirmar permanentemente que existimos.
Porque ser reconocido por los demás es importante, pero también necesitamos construir una relación con nosotros mismos en la que podamos decir:
“Te veo.”
“Sé que estás cansado.”
“Sé que esto te dolió.”
“Sé que necesitás ayuda.”
“Y no tenés que hacer algo por mí para que yo te reconozca.”
Quizás vivir en un mundo que “sobre-vive” sea justamente eso: pasar tanto tiempo funcionando que olvidamos sentir que estamos vivos.
Por eso, tal vez el cambio no sea aprender a ser más fuertes.
Tal vez sea aprender a ser más honestos con aquello que nos pasa.
Y entonces la pregunta deja de ser:
“¿Por qué nadie me ve?”
Para convertirse en algo mucho más profundo:
“¿En qué momento dejé de verme yo?”
Porque quizás ahí, justamente ahí, empieza el encuentro con uno mismo.
Por Candelaria Montoya Bellón – Psicóloga Social, Puerto Madryn













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