
Muchas veces quedamos reducidos a algo que no solemos mirar cuando estamos sanos: somos personas buscando un poco de bienestar. Buscando volver a sentirnos bien, recuperar un abrazo, una conversación, una caminata, un momento de tranquilidad.
Quizás solo tomamos verdadera noción de lo que vale la vida cuando sabemos que nos estamos yendo.
¿Pero qué pasa cuando hablamos de morir?
Siempre hablamos de vivir. De hacer, producir, proyectar, alcanzar, crecer. Hablamos de la vida como si fuera un camino que nunca terminara. Y de la muerte hablamos muy poco. Como si no fuera también parte de nuestra existencia. Como si no fuera algo que, de una manera u otra, todos vamos a atravesar.
Irnos.
La muerte nos incomoda porque nos enfrenta con aquello que no podemos controlar. Y quizás por eso preferimos invisibilizarl
¿Por qué muchas veces empezamos a mirar, escuchar o reconocer a una persona cuando ya no está?
¿Por qué mientras transita este plano puede sentirse invisible, y cuando se va aparecen las palabras que nunca dijimos, los abrazos que postergamos, el reconocimiento que no supimos expresar?
A veces perdemos demasiado tiempo deseando vivir de otra manera y nos olvidamos de algo esencial: vivir también es habitar este tramo que tenemos hoy.
No existen edades, maneras ni tiempos exactos para morir. La muerte forma parte de la vida, aunque nos cueste nombrarla.
Y aquello que no conocemos muchas veces se transforma en miedo.
Por eso necesitamos empezar a hablar.
Hablar de la muerte no significa dejar de valorar la vida. Al contrario: puede ayudarnos a mirarla con mayor conciencia.
¿Qué pasaría si pudiéramos conversar sobre el morir con la misma naturalidad con la que conversamos sobre el vivir?
¿Qué pasaría si pudiéramos expresar, mientras todavía podemos hacerlo, qué queremos para ese momento?
Cómo queremos ser acompañados.
Qué necesitamos.
Qué nos da miedo.
Qué cosas nos gustaría dejar resueltas.
A quién queremos cerca.
Qué decisiones podemos tomar anticipadamente.
En algunos procesos de enfermedad, los cuidados paliativos y la planificación anticipada permiten justamente eso: poner en palabras deseos, necesidades y decisiones antes de que la persona ya no pueda expresarlos.
Y entonces aparece una pregunta todavía más difícil:
¿Qué hacemos como familia?
¿Acompañamos?
¿Nos despedimos?
¿Hablamos de lo que está pasando?
¿Decimos “te amo”, “gracias”, “perdón”, “estoy acá”?
A veces creemos que despedirnos significa abandonar.
Y quizás sea todo lo contrario.
Despedirse también puede ser una forma de acompañar.
No significa dejar de luchar por el bienestar de quien queremos. Significa poder reconocer lo que está sucediendo y permitir que esa persona pueda expresar lo que siente, necesita o desea.
Porque cuando alguien muere, no desaparece solamente una vida.
También queda una familia atravesando una ausencia, una historia compartida, palabras dichas y otras que quedaron pendientes.
Por eso necesitamos preguntarnos:
¿Qué hacemos con nuestro sentir cuando el otro se va?
El duelo no comienza necesariamente cuando llega la muerte. A veces comienza mucho antes, cuando comprendemos que algo está cambiando y que aquello que conocíamos ya no volverá a ser igual.
Hablar de la muerte no elimina el dolor.
Pero puede evitar que tengamos que atravesarlo completamente en silencio.
Quizás el buen morir no tenga que ver solamente con cómo queremos irnos.
Quizás también tenga que ver con cómo queremos haber vivido, cómo queremos ser acompañados y qué queremos dejar dicho antes de partir.
Porque hablar de la muerte no es dejar de hablar de la vida.
Es recordar que la vida también incluye la posibilidad de despedirnos.
Y quizás, al animarnos a hablar de la muerte, aprendamos algo profundamente humano: no esperar a que alguien se vaya para decirle cuánto significó mientras estuvo acá.












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