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Más allá del fuego amigo: Violencia política, inteligencia emocional y la urgencia de la comunicación asertiva

Las recientes declaraciones de Guillermo Francos exponen una patología recurrente del poder: el hostigamiento digital y la violencia mediática. Desde una mirada ontológica y de inteligencia emocional, analizamos por qué la vieja política se debate entre el silencio inhibido y la agresión, y cómo la comunicación asertiva se vuelve el único camino posible hacia un liderazgo transformador.

Las recientes declaraciones del exfuncionario nacional Guillermo Francos —al romper el silencio sobre su salida del Gobierno y exponer el hostigamiento sistemático y el «persistente ataque» sufrido desde las redes sociales de su propio espacio político— ponen sobre la mesa un fenómeno que excede la anécdota partidaria. Lo que describió el dirigente bajo la lógica del desgaste virtual no es más que una manifestación clara de violencia política y mediática, una práctica arraigada en los cimientos de lo que llamamos la «vieja política».

Analizar este escenario desde una mirada ontológica y de la inteligencia emocional nos invita a ir más profundo: a comprender de qué manera nos comunicamos, qué lugar ocupan las emociones en el ejercicio del poder y por qué la transformación institucional exige, indefectiblemente, la transformación interna de sus propios actores.

Cuando la política se vuelve rehén de la grieta vincular

Las palabras no son inocentes; las palabras crean realidades, construyen vínculos o los destruyen. Cuando el ecosistema político se empantana en dinámicas de hostigamiento, se mueve habitualmente entre dos grandes patologías comunicacionales que actúan como espejos de una misma incapacidad emocional:

La comunicación inhibida: Ocurre cuando, por temor a empeorar las cosas, por especulación o por la parálisis que genera no animarse a marcar límites, el actor político calla, traga malestares y acumula resignación. En el plano institucional, el silencio cómplice o la sumisión ante el maltrato interno debilitan el rol del dirigente y degradan el debate democrático.

La comunicación agresiva: Es el polo opuesto y el protagonista indiscutido de episodios como el que relató Francos en relación al «fuego amigo» digital. Aquí, el objetivo no es construir ni debatir ideas, sino anular al otro, descalificarlo y someterlo a través de la coacción, el escarnio público y la violencia mediática. Los ejércitos de trolls y la agresión constante operan bajo esta matriz: buscan generar un clima irrespirable donde prevalezca el más violento, expulsando el disenso y pulverizando todo puente de diálogo.

Ambos extremos tienen un denominador común: la carencia absoluta de herramientas emocionales para gestionar el poder y las diferencias.

El justo equilibrio: Hacia una comunicación asertiva

Frente a la polaridad destructiva entre el silencio que subordina y la agresión que destruye, emerge la comunicación asertiva. La asertividad no es sinónimo de debilidad ni de falsa concordia; es el punto de equilibrio ontológico.

Comunicarse de forma asertiva significa manifestar con absoluta claridad lo que pensamos, sentimos y deseamos, pero haciéndolo desde el respeto fundamental por uno mismo y por el otro. Implica poner límites sanos sin agredir, decir «no» cuando corresponde y señalar lo que es inaceptable sin caer en la descalificación personal.

En política, la asertividad permite marcar desacuerdos profundos y gestionar crisis institucionales sin recurrir al linchamiento virtual ni a la complicidad silenciosa.

La nueva política requiere transformación de los actores

Continuar operando bajo las reglas de la violencia mediática y el desgaste sistemático es sostener una estructura feudal. La nueva política, entendida desde la Inteligencia Emocional, nos plantea un cambio de paradigma radical: no se puede transformar la realidad exterior si los dirigentes no transforman primero sus propios espacios internos y emocionales.

La gestión de las emociones —como la empatía, la autoconciencia y la regulación del poder— deja de ser un recurso individual para convertirse en una competencia política insustituible. Un liderazgo maduro comprende que la lealtad a las convicciones no requiere de la agresión, y que la firmeza institucional es totalmente compatible con el respeto ético.

Dejar atrás las prácticas de la vieja política implica asumir la responsabilidad lingüística y emocional de nuestros actos. Si queremos construir un ecosistema democrático sano, el primer paso es erradicar la violencia de los vínculos cotidianos y transicionar, de manera urgente, hacia una cultura de la palabra justa, clara y transformadora.

Nota: Políticamente PM

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